Podría
extenderme por varios temas que nos construyen (y destruyen para volver a construir) sobre las cosas que un hombre de 51 años en este siglo como yo
(cumplidos este 27 de enero de 2026), vive en un siglo como este.
Ya
no somos aquel tipo de hombre que a esta edad tenía casa, carro, propiedades,
nietos, yernos y nueras, les decían don y andaban serios y circunspectos por
doquier, con sombrero y traje.
Mucho
más acá, el hombre de casa, serio y ejemplar que se abstenía de dejar el alma
volar, salvo en un río o piscina, haciendo una parrilla o una actividad
deportiva, cultural o familiar.
Cada
hombre de 51 años en este siglo tiene una historia diferente: Los que pudieron
crear negocios y solvencia, lidiando por mantenerlos en una economía tan
difícil y poder legarles el sentido de responsabilidad y oportunidad a sus
hijos para que, al menos las inversiones como casa y/o negocios, no se pierdan.
Mucho
menos que se pierdan los valores familiares y el respeto por el apellido y la
trayectoria, siempre respetando las decisiones de aptitudes y actitudes de cada
quien, con la solicitud de que se encaminen hacia el bien.
Los
que tenemos medio o bajo modo, nos las pasamos bregando para que el mañana no
sea una incertidumbre y la holgura con dignidad llegue, así estemos solteros,
en compañía, divorciados, sanos o medianamente enfermos.
También,
cada hombre de 51 años en este siglo debe luchar con los prejuicios de la
modernidad y la nostalgia. Sí, porque venimos de una época en la que la
televisión, radio, prensa y cine eran compañeros de nuestra imaginación,
fantasía, momentos alegres y tristes.
Y
tenemos claras y férreas reminiscencias que nos hacen querer volver a esos
tiempos de cualquier manera, dándole gusto a nuestro niño interior, sin que
ello nos despegue de nuestras responsabilidades y mentalidad de adultos.
Ni
hablar que pasamos por la época del verdadero boom de los videojuegos, la
tecnología celular y computarizada y hemos llegado cómodos relativamente –al ir
en paralelo con sus surgimientos- a la robótica tangible y la inteligencia
artificial que tanto nos maravillan y nos queremos mantener en boga.
Y
para tener esas cosas y disfrutarlas, hay que trabajar seriamente. Y un hombre
de 51 años en este siglo, serio pero con alma de niño, adultez responsable y
cosas nobles de anciano, también deja drenar su adolescente rebelde e
inventador.
Somos
una mezcla volátil que no busca irse por el camino fácil. Al menos no es mi
caso. Por eso, lo poco que tengo, lo atesoro porque me lo he ganado con
honestidad, cumpliéndoles a mis padres, a mi país, a nuestro Dios todopoderoso
y a quienes para bien me ha colocado en derredor.
Pero
también para conmigo, equilibrando entre errores y aciertos, buenos y malos
momentos, deseos y posibilidades.
Quejarse
me sería fácil, pero el camino fácil sigue siendo prohibido e inútil. Es mejor
el camino difícil del trabajo, el ahorro, la espera y la realidad, ya que
ellos, de manera colateral, te traen aprendizaje, buenas personas, crecimiento
emocional, espiritual e intelectual, valores que son más valiosos que el dinero
e incluso, ayudan a conseguirle en buena lid.
Jugar,
soñar, emocionarse con las caricaturas, revistas, videojuegos, películas,
series, productos de merchandising y actividades de entretenimiento, no deben
ser vistas como niñerías en un hombre de 51 años en este siglo, mientras pague
a tiempo, no se endeude, no engañe, no sea infiel, nunca levante un puño con
ira, no atente contra la vida de nadie, no perjure ni apoye a quien hace el
mal.
Nuestra
rectitud nos permite gozar la vida y ese gozo es subjetivo, ya que está ligado
a lo que se siente, entiende, percibe y con esa esencia tacita, intangible y
única que reviste a la personalidad.
Quiero
seguir siendo ese niño que se emociona, el adolescente que cuestiona y se
equivoca, el adulto que cumple y el anciano que piensa y sabe llevar las cosas
a buen término, todo en esta edad y en las que Dios me permita proseguir
disfrutando.
Feliz
cumpleaños para mí y para todos los hombres adultos, responsables, con los pies
en la tierra y la mente en el mundo que nos rodea, sin temor a ser lo que
somos, sin llegar al ridículo (saber cuál es la frontera de ello, es un súper
poder).
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