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sábado

CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN

Varios Temas entra de lleno en el corazón literario y humano de las Confesiones de San Agustín.

confesiones de san agustín

Un libro en el que el santo muestra esa resistencia juvenil, esa vida de pasiones desordenadas, la búsqueda intelectual errante y el sufrimiento constante de su madre, Santa Mónica, llorando y suplicando por su conversión, que forman parte de los pasajes más célebres, profundos y universales de toda la literatura occidental.

Las confesiones de su vida mundana se dividen en episodios memorables donde él mismo se desnuda moralmente ante Dios y ante la historia:

 

Confesiones de San Agustín (Confessiones, en latín)

El llanto y las súplicas de Santa Mónica (La madre incansable)

A lo largo de los libros III, V y VI, el sufrimiento de Mónica es el hilo conductor invisible de la salvación de Agustín. Ella lloraba copiosamente por él, viéndolo no solo apartado de la fe católica, sino inmerso en errores doctrinales (el maniqueísmo) y en una vida licenciosa.

Agustín narra cómo una vez un obispo local, cansado de las súplicas y lágrimas constantes de Mónica que le rogaba que hablara con su hijo para convencerlo, le dio una respuesta que se volvería profética: «Vete en paz, mujer; vive así; que es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas».

 

La obsesión por el amor y los placeres de la carne (Los años en Cartago)

En el Libro II y III, Agustín confiesa que al llegar a la bulliciosa ciudad de Cartago para estudiar retórica, se vio envuelto inmediatamente en un hervidero de amores apasionados y teatrales:

Su célebre confesión sobre la lujuria: «Aún no amaba, y ya amaba amar... Buscaba qué amar, amando el amar». Describe cómo su juventud ardía en deseos de saciar los apetitos más bajos, dejándose arrastrar por una "selva de sombríos amores".

La concubina de largos años: Durante más de una década vivió en concubinato (algo socialmente aceptado en la época para jóvenes de su posición académica, pero moralmente reprochable para su fe posterior), con quien tuvo a su hijo Adeodato. Aunque la amaba profundamente y le fue fiel, más adelante confiesa el dolor que le causó tener que separarse de ella por las presiones sociales y su proceso de conversión.

 

El famoso episodio del robo de las peras (La maldad por la maldad misma)

En el Libro II, Agustín dedica un capítulo entero a analizar un episodio aparentemente trivial de su adolescencia que lo obsesionó teológicamente: el robo de unas peras de un huerto ajeno junto a una pandilla de amigos.

Confiesa que no robaron por hambre ni por necesidad, ya que en su casa tenía frutas mucho mejores. Lo hicieron puramente por el placer de transgredir, por la adrenalina de hacer lo prohibido y por la complicidad de hacerlo en grupo («El deseo de obrar mal en compañía de otros»).

Este acto le sirve para confesar la naturaleza misteriosa y perversa del pecado humano: el ser humano a veces comete el mal no por obtener un bien material, sino por la mera ilusión de imitar falsamente la omnipotencia de Dios rompiendo las reglas.

 

La soberbia intelectual de San Agustín y el desvío hacia el Maniqueísmo

Durante nueve años (de los 19 a los 28 años), Agustín cayó en las redes de la secta de los maniqueos. Ellos prometían una respuesta racional y científica al problema del mal (culpando a una materia mala y eterna opuesta a Dios) y criticaban la simpleza con la que se leían las Escrituras católicas.

Agustín confiesa que su soberbia intelectual y su vanidad —buscando destacar como profesor de retórica y oratoria— le impidieron ver la verdad sencilla de la Iglesia durante mucho tiempo, despreciando la fe de su madre por considerarla "de ignorantes".

 

El desenlace: El jardín de Milán y el fin de la rebeldía

Toda esta vida mundana, de dudas agónicas, de resistencia a la gracia y de promesas a medias («Señor, dame castidad y continencia, pero no ahora», es su famosa súplica de este periodo), culmina en el Libro VIII.Tras las oraciones incansables de Mónica, los sermones de San Ambrosio y sus propias crisis existenciales, Agustín estalla en llanto bajo una higuera en un jardín de Milán, escucha la famosa voz infantil que le dice «Tolle, lege» (Toma y lee), abre las Epístolas de San Pablo y se produce su conversión definitiva, transformando por completo su vida mundana en una entrega total al ascetismo y al cristianismo.

Recop.: Lcdo. Argenis Serrano 

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