"AY QUÉ NOCHE TAN PRECIOSA" ¿EL CUMPLEAÑOS FELIZ MÁS LARGO DEL MUNDO?

Hablando de varios temas con amigos, para distraer la mente de tantas preocupaciones y dolor que hoy nos embargan, llegó el tema del cumplea...

jueves

EL HOLANDÉS VOLADOR

el holandés volador


Cuentan los viejos lobos de mar que hay noches en los océanos del mundo —allí donde el viento ruge con más furia y la línea del horizonte se confunde con la negrura del abismo— en las que el aire se vuelve helado, el agua adquiere un tono plomizo y una extraña luz espectral comienza a teñir la bruma. Es el aviso de que el De Vliegende Hollander —El Holandés Volador— anda cerca.

Su historia nació en el siglo XVII, en una época en la que los galeones desafiaban lo desconocido en busca de especias y fortuna. Al frente de uno de estos imponentes navíos mercantes iba el capitán Willem van der Decken, un hombre de carácter implacable, soberbio y obstinado, cuya fe en sus propias fuerzas superaba cualquier temor a la naturaleza o al cielo.

Corría el año 1641 (o eso aseguran las crónicas más antiguas) cuando el barco de Van der Decken intentaba doblar el temido cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África. Las aguas de ese cabo eran el cementerio de mil barcos; una trampa mortal de corrientes cruzadas, olas gigantescas y vientos huracanados que obligaban a cualquier capitán prudente a buscar refugio en la costa.

Pero Van der Decken no conocía la prudencia.

Mientras la tormenta azotaba las cubiertas con violencia desmedida y la tripulación, aterrorizada, rezaba rogando dar media vuelta, el capitán se aferró al timón con furia. Con la tormenta rugiendo en su rostro y desafiando abiertamente los designios divinos, alzó la voz por encima del trueno y pronunció el juramento maldito que sellaría su destino para siempre:

«Juro ante el cielo y el infierno que no daré marcha atrás. Aunque me tome hasta el Día del Juicio Final, doblaré este cabo. ¡Que Dios me hunda en los abismos si no lo consigo!»

Dicen que, en ese preciso instante, los cielos respondieron. Una figura etérea descendió sobre la cubierta principal. Era la manifestación de la justicia divina, que aceptó el reto del capitán dándole una vuelta macabra: ya que deseaba surcar los mares por toda la eternidad sin importarle los obstáculos, se le concedería su deseo en su forma más pura y cruel.

Desde ese día, el Holandés Volador y todos sus tripulantes quedaron condenados a no pisar jamás tierra firme.

La maldición se cebó también con el cuerpo del barco. El navío quedó atrapado en un bucle temporal y espacial, transformándose en un espectro de madera podrida y velas fantasmales que emite un resplandor verdoso o rojizo en la oscuridad de la noche. Según cuenta la tradición, el barco jamás atraca en ningún puerto; sus marineros, convertidos en sombras pálidas, deambulan por la cubierta con la mirada perdida en la nada, anhelando un descanso que nunca llegará.

Pero lo verdaderamente aterrador para los marineros modernos no es ver el barco, sino cruzarse con él. La leyenda advierte que cualquier embarcación que se atreva a saludar al Holandés Volador, o intente enviar ayuda a su tripulación fantasma, compartirá instantáneamente su destino maldito, quedando condenada a vagar por los océanos como un espectro sin rumbo, invisible para el resto del mundo, hasta el final de los tiempos.

Por eso, cuando los navegantes cruzan el sur de África y la noche se vuelve extrañamente silenciosa, miran con recelo la lejanía. Y si ven una silueta de velas desgastadas flotando en medio de una luz sobrenatural, apagan las luces, contienen la respiración y rezan para que el viento los aleje rápido de allí, antes de que el capitán Van der Decken decida sumar una nueva alma a su eterna y solitaria travesía. 

Nota: El Holandés Volador es también conocido como El Holandés Errante

Lcdo. Argenis Serrano 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

ARTÍCULOS MÁS LEÍDOS