Jorge Negrete nunca bebió
alcohol. Es, quizás, el dato más irónico de su historia: el hombre que
inmortalizó "¡Ay Jalisco, no te rajes!" y que en la pantalla
grande levantaba el tequila como símbolo de orgullo nacional, jamás probó una
gota.
Sabía perfectamente que su
hígado no lo toleraría. Durante sus años de estudiante en el Colegio Militar se
contagió de hepatitis C, una enfermedad que condicionó su vida para siempre.
Por décadas se cuidó con disciplina casi militar para mantenerse en pie.
El destino, sin embargo, lo
esperaba en Los Ángeles en noviembre de 1953. Negrete asistió a una pelea de
boxeo del famoso pugilista mexicano Raúl "El Ratón" Macías.
En medio de la euforia del
combate, al levantarse a emocionado para gritar "¡Pégale duro,
Ratón!", el esfuerzo físico provocó que se le reventara una várice
esofágica que llevaba años debilitándose. La hemorragia interna fue devastadora
y obligó a su traslado de emergencia al Hospital Cedars of Lebanon.
Negrete permaneció cinco días
en coma. El 5 de diciembre de 1953, su corazón se detuvo. Tenía solo 42 años.
Hacía apenas un año y un par
de meses que se había casado con María Félix en la llamada "Boda del
Siglo", un evento monumental que paralizó a la sociedad mexicana.
La tragedia lo persiguió hasta
el último aliento. Antes de caer en la inconsciencia, Jorge expresó el
ferviente deseo de ver por última vez a su pequeña hija Diana, fruto de su
matrimonio con Elisa Christy.
Sin embargo, su exesposa se
negó a enviarla a Estados Unidos argumentando que la niña era muy
impresionable. El "Charro Cantor" murió con ese dolor en el alma.
El impacto social de su
partida fue inédito. La tarde de su muerte, en todos los cines de México se
interrumpió la proyección para dar el anuncio. Por primera y única vez, se
guardaron cinco minutos de silencio simultáneos en todas las salas del país.
El presidente Adolfo Ruiz
Cortines declaró luto nacional y facilitó un avión oficial de la Secretaría de
Agricultura para repatriar su cuerpo. Además, ordenó que su féretro fuera
cubierto con la bandera nacional y velado en el Palacio de Bellas Artes, un
honor reservado solo para las mentes y figuras más ilustres de la nación.
Cuando el avión aterrizó en el
Aeropuerto de la Ciudad de México, más de 10,000 personas ya lo esperaban bajo
la lluvia para acompañar el cortejo fúnebre.
En el homenaje desfilaron las
grandes leyendas de la Época de Oro. María Félix, vestida de luto riguroso,
rompió en llanto inconsolable mientras su hijo Enrique Álvarez Félix la
sostenía.
Tampoco faltó Pedro Infante. A
pesar de que la prensa insistía en crear una falsa rivalidad entre ambos, eran
grandes amigos. Pedro, visiblemente afectado, ayudó a cargar el ataúd y le
dedicó un emotivo corrido de despedida.
Por su parte, Mario Moreno
"Cantinflas" permaneció en el velatorio durante horas. Aunque ambos
habían tenido fuertes disputas gremiales por el liderazgo de la ANDA
(Asociación Nacional de Actores), "Cantinflas" hizo a un lado
cualquier rencilla.
La imagen de Mario Moreno
llorando en un rincón del funeral fue el reflejo más honesto del sentir de todo
un pueblo: hasta sus rivales sabían que México había perdido a un gigante
irreemplazable.

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